La prosperidad de Dios – Qué significado tiene a la luz de la biblia

La prosperidad de Dios es un tema algo controversial y que se ha convertido en el tema principal en muchas iglesias que se enfocan principalmente en el tema de la abundancia y prosperidad material, ya que señalan que Dios es nuestro proveedor y es dueño del oro y la plata.Pero la prosperidad de Dios va más allá de eso, del simple hecho de adquirir bienes materiales porque sabemos que el Señor tiene el poder de darnos todo pero también puede quitarnos todo, tal como el caso de Job que lo perdió todo.

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    La prosperidad de Dios – Qué significado tiene a la luz de la biblia

    En la palabra de Dios, el término “prosperidad” aparece haciendo alusión al hecho de que si confiamos en el Señor, nada nos faltará y seremos prosperados en todo: "Mas el que confía en Jehová prosperará" (Proverbios 28:25)

     Si buscamos en el diccionario el significado de la prosperidad podemos encontrar que aparece como el curso próspero de las cosas, éxito en lo que se emprende. De igual forma se hace mención de que el hecho de prosperar tiene que ver con imponerse para triunfar.

    En cuanto a la riqueza se refiere a la abundancia de bienes materiales y objetos preciados. Es la obtención de dinero en grandes cantidades.

    Sin embargo, cuando hablamos de la prosperidad de Dios, va más allá de todo lo obtenido en este plano terrenal, ya que este tipo de prosperidad tiene que ver con el hecho de madurar de forma espiritual en la relación que se tenga con Dios.

    En este sentido, se puede dividir la prosperidad en tres áreas, encontramos la prosperidad del alma, la cual encierra la mente, los deseos y las emociones. Por otro lado está la prosperidad del cuerpo que se refiere a tener una buena salud física.

    De igual forma existe la prosperidad del espíritu que se refiere al hecho de tener una relación íntima con Dios y para esto se debe nacer de nuevo.

    En la actualidad, muchas de las predicaciones se enfocan en la prosperidad y para algunos esto tiene una intención negativa, ya que la relacionan con la fomentación del materialismo o el desmedido deseo de obtener dinero. Lamentablemente, el enfoque que se le ha dado a la prosperidad es aquel referente a las riquezas y adquisiciones de riquezas y bienes materiales.

    Pero hay que resaltar que la riqueza monetaria es solo una parte de lo que es la prosperidad porque ciertamente Dios tiene el poder para darle a sus hijos todo de forma sobreabundantes, pero esto lo hace de acuerdo a su perfecta voluntad y al propósito particular que tiene con cada uno de sus hijos.

    Han habido predicadores que precisamente ese es el énfasis que le han dado, pero la riqueza monetaria es sólo una parte de la prosperidad. Al respecto la palabra nos indica lo siguiente: "Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma" (3 Juan 1:2).

    En este orden de ideas, el Señor desea que seamos prosperados en todos los aspectos de nuestra vida. Por eso tenemos que tener claro que el hecho de tener dinero y ser próspero no es pecado ni es malo porque su palabra establece que los hijos de Dios seremos prosperados en todo.

    El problema radica en el amor al dinero, en afanarnos por conseguir bienes materiales olvidando que el dueño de todo es Dios y debemos reconocer que nada podemos obtener por nuestras propias fuerzas. La palabra nos alerta en lo siguiente: "Porque raíz de todos los males es el amor al dinero" (1 Timoteo 6:10).

    Ciertamente el dinero no nos otorga la felicidad porque el verdadero gozo proviene de Cristo. El dinero solo puede cubrir nuestras necesidades y lo requerimos para poder subsistir en este mundo. Sin embargo, para expandir el reino de los cielos y poder avanzar en los ministerios es necesario tener posibilidades económicas para tener los recursos y así hacer la obra de Dios y servirle tal como lo demanda su palabra.

    Asimismo debemos estar alertas a las artimañas del diablo que nos quiere confundir y hacer creer que la pobreza viene de Dios y que él quiere que seamos pobres para poder ser espirituales. Esto es totalmente falso, una cosa es ser humildes y otra cosa es ser pobre. Todo se centra en lo que hay en tu corazón, tu disposición espiritual para servirle al Señor. No tiene nada que ver con la condición económica de la persona porque tanto pobres y ricos pueden alcanzar la salvación, la misericordia y justicia divina de Dios.

    No se trata de tener o no tener dinero, se trata de tener a Cristo en el corazón y agradecerle tanto en la escasez como en la prosperidad, en la tristeza y en la alegría. Porque para los hijos de Dios todas las cosas nos ayudan para bien, nos sirven para el proceso que debemos pasar.

    Por esta razón debemos conocer la palabra y mantenernos en comunión con nuestro Padre para que el enemigo no pueda confundirnos ni hacernos creer cosas que no están establecidas en su palabra. Deja que el Espíritu Santo te guíe y de acuerdo a su voluntad, él obrará en tu vida. Recuerda que Dios actúa de forma misteriosa y su prosperidad es diferente al concepto que nosotros tenemos referente a este término tan controversial.

    En este sentido, la prosperidad según la Biblia se refiere a las bendiciones obtenidas de parte de Dios para nuestras vidas y que se propagan en nuestra propia existencia. Por eso la prosperidad no significa solo dinero, bienes materiales o las riquezas mundanas.

    Tel como se ha mencionado anteriormente, la prosperidad de Dios abarca más de lo que imaginamos porque una persona de escasos recursos puede ser muy próspera porque recibe la misericordia de Dios cada día.

    De esta forma, la prosperidad que proviene de Dios está íntimamente ligado a la gracia del Señor, a ser bendecido por su amor y misericordia y por eso puedes sentir la protección de Cristo en tu vida.

    Por ejemplo, si Dios te prospera financieramente y esto en lugar de ayudarte, te hace ser una persona egoísta, orgullosa, tacaño o avaricioso, entonces este tipo de crecimiento no pertenece a la voluntad de Dios que es perfecta.

    En este sentido, la idea de prosperidad suena muy tentadora, pero pocas personas caen en cuenta de su verdadero significado bíblico. Por eso cuando hablamos de prosperidad, tenemos la tendencia a pensar en términos de riquezas, bienes materiales y dinero, pero la perspectiva de Dios abarca mucho más porque su propósito principal es que sus hijos alcancen la prosperidad eterna.

    La prosperidad de acuerdo a las Sagradas Escrituras, significa acceder a todo lo que te haga verdaderamente feliz, que vivas en plenitud y seas bendecido en gran manera. Por otro lado cuando se habla de la prosperidad también abarca al hecho de tener recursos económicos que nos permitan ayudar a los demás y hacer la obra de Dios aquí en la tierra, ayudando a los necesitados y dando testimonio del evangelio de Cristo, el cual nos enseña el amor hacia nuestro hermano.

    Entonces, cuando somos prosperados económicamente no podemos olvidar de dónde provienen todas las cosas porque los recursos económicos resultan ser una herramienta importante para servir al Señor y bendecir a los demás. Eres un hijo de Dios y puede pedir conforme a la voluntad de Dios porque la biblia nos ofrece muchas promesas con respecto a la prosperidad y al hecho de pedir lo que necesitamos en esta vida:“Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.” (Mateo 7:8)

    Dios escucha las oraciones de sus hijos, escucha el clamor y conoce las necesidades y cargas de cada persona en este mundo. Pero debemos saber pedir, quitar la avaricia de nuestro corazón y clamar por aquello que verdaderamente necesitamos para bendecir a los demás.

    Dar es mejor que recibir

    Cuando Jesucristo vino a este mundo tuvo como objetivo servir a los necesitados, y dar todo lo que él tenía, por eso tenemos el mayor ejemplo de lo que significa la prosperidad de Dios en todos los sentidos porque Jesús era próspero en gran manera siendo un simple carpintero.

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    Cuanto humildad podemos notar en sus enseñanzas, en sus palabras, en sus acciones. Siendo el Rey de Gloria, se despojó de su Poder y fue humillado, golpeado, mancillado, crucificado siendo inocente. Este acto de amor revela la prosperidad de su alma, mente, espíritu y cuerpo, y es el ejemplo más claro de lo que significa dar y servir al prójimo.

    De esta forma la persona que espera recibir sin dar nada, obtendrá como respuesta la Ley de Dios en su plenitud porque solo se recibe luego que hemos dado. Es decir, en la medida en que damos en esa misma medida recibiremos.

    La ley del Señor es exacta como la matemática, y denota dar para recibir. Así que las posesiones materiales que "tenemos" verdaderamente son de Nuestro Padre y solamente nos las ha confiado.

    La salud y la paz emocional de las que gozamos son de igual manera producto de su bondad y misericordia. Su deseo es siempre concedernos lo mejor. Lo único que nos pide es que seamos obedientes. Claro que nada de esto implica que no se vayan a enfrentar retos, la vida simplemente así es.

    La ofrenda y el diezmo como un medio para ser prosperados

    No se puede hablar de la prosperidad de Dios sin hacer mención de los principios de ofrendar y diezmar. Para abordar este tema tan controversial debemos partir de la premisa de que Nuestro Señor es el dueño de todo lo que tenemos, de todo lo que existe sobre la faz de la tierra, ya que él es Nuestro Creador y gracias a él existimos.

    La prosperidad de Dios
    La prosperidad de Dios

    Sin embargo, Dios solamente nos pide que demos la décima parte de nuestras ganancias, y el diezmo está establecido como un mandato para nuestro bienestar. Esto lo podemos apreciar en el siguiente pasaje: "Y el diezmo de la tierra, así como del fruto de los árboles, de Jehová es; es cosa dedicada a Jehová" (Levítico 27:30).

    En cuanto a la ofrenda se refiere al hecho de dar más allá del diezmo. En el libro de Romanos 15:26 los creyentes de Grecia acumularon una ofrenda para los creyentes en Jerusalén que estaban pasando por una situación difícil.

    Así que la ofrenda se da para distintos propósitos, mientras que el diezmo se debe dejar en el templo donde uno se está congregando. En este punto, la biblia es clara cuando declara que el que no da, está robando:

    “¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado” (Malaquías 3:8-9)

    Por esta razón lo que determina una vida llena de prosperidad es escudriñar la palabra y meditar en ella y cumplir lo que ella establece. De esta manera le dijo Jehová a Josué: "Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien" (Josue 1:8).

    De esta manera que si obedecemos este consejo lleno de sabiduría y de verdad, entonces debemos vivir a la expectativa de que obtendremos todas las bendiciones mentales, físicas y espirituales porque es una promesa establecida en la biblia conforme a la perfecta voluntad de Dios.

    Por otro lado es importante aclarar que la prosperidad de Dios también abarca la disposición que tenemos como hijos de Dios de servir y de trabajar, ya que aunque no somos de este mundo, vivimos ahí y debemos ser diligentes, esforzados y glorificar a Dios con una vida exitosa, donde recogemos bendiciones por el esfuerzo de nuestro trabajo.

    Dios nos quiere prosperar en todo pero él demanda esfuerzo y dedicación, ya que él no está de acuerdo en que seamos pereszosos y que pensemos que las cosas nos van a caer del cielo como el maná en los tiempos de Moisés.

    Nuestro Padre Celestial quiere que seamos hijos dignos de las bendiciones que él nos otorga y que nos ganemos el pan con un trabajo honrado que pueda además ser de bendición para nuestra nación y para nuestro prójimo en general.

    En este sentido, la prosperidad de Dios es aquella que procede del cielo y que se torna a nuestro favor cuando nos esforzamos y ponemos nuestra mayor dedicación en las cosas que hacemos, tal como lo establece su palabra: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Colosenses 3: 23)

    En este orden de ideas, debemos hacer todas las cosas con amor, disposición y esfuerzo si queremos prosperar y recibir las bendiciones de forma abundante. Dios conoce nuestro corazón, necesidades, cargas y nos dará conforme a su justicia divina.

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