Los Mundos de Perdición. Parte 1

Vivimos vagando por los mundos de perdición. Inconscientemente pasamos de uno a otro sin siquiera saberlo y aturdidos por todo lo que nos ofrecen.  A veces frustrados o inconformes por no poder obtener las cosas materiales con que nos deslumbran.

Y por lo tanto, crear en nosotros frustraciones por lo que no podemos obtener de ellos. En estas líneas vamos a ver cómo podemos evitar transitar por los  mundos perdidos.

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    ¿A qué se refiere la palabra mundo?

    En este contexto no vamos a hablar de los mundos de perdición  como un espacio físico o la creación de Dios. Vamos a hablar los mundos de perdición  como el sistema organizado de la humanidad que está en rebeldía contra Dios.

    Así, el apóstol Juan dice que el mundo está bajo el control del maligno (1 Jn 5.19) y que Satanás es el príncipe de este mundo y la gente sigue sus lineamientos (Jn 14.30, Efe 2.2) .

    Los Mundos de Perdición. Parte 1

    El mundo permanece en tinieblas, en ceguera espiritual para no reconocer a Dios ni su obra entre nosotros, y para esconder sus obras malas delante de los demás (Jn 3.20).

    Los mundos de perdición a los  que nos referimos, es el mundo perdido, y necesitado del amor de Dios y su redención en Cristo (Jn 3.16). Así vamos viendo cómo son los mundos perdición.

    De tal manera que aquí hablamos de una "mundanalidad" como la tendencia que se opone a las reglas de Dios y conduce a la tentación y al pecado.

    El apóstol Juan nos advierte de no amar al mundo ni las cosas que están en el mundo (1 Jn 2.15-17),  aquí amar no se trata de la actitud de dar a otro para su bienestar o felicidad, sino de la tendencia de buscar los placeres y deleites que se pueden recibir de este mundo, de este sistema sin Dios al que nos estamos refiriendo.

    "Las cosas que están en el mundo" son los sub mundos que se encuentran en el sistema total, es decir, los  placeres banales y temporales que se encuentran en él.

    Desde este punto de vista consideraremos los mundos de perdición que nos muestra el apóstol y  cómo evitar transitar en ellos.

    Debemos evitar transitar los mundos de perdición de los deseos de la carne.

    ¿Qué son los deseos de la carne?

    Para poder definir qué son los deseos de la carne debemos encontrar el significado de la palabra carne en este contexto. La carne es el asiento del pecado del hombre que está fuera de la espiritualidad de Dios. La naturaleza sensual controlada por los apetitos animales que está gobernada por la naturaleza humana corrompida y no por el Espíritu de Dios.

    Es una naturaleza que responde a las bajas pasiones y capaz de interpretar pecaminosamente cualquier cosa o situación aunque ésta en su estado natural no tenga nada de malo en sí.

    De tal manera que un deseo pude ser bueno a malo según la intención de la carne. Así que pueden haber buenos deseos (Mat 13.17), o malos deseos (Mar 4.19). En nuestro casos son deseos carnales.

    ¿Qué es transitar en los deseos de la carne?

    Entonces, transitar los mundos perdidos de los deseos de la carne significa buscar y deleitarse en los placeres sensuales que ofrece la sociedad en cuanto a  comida, bebida o placeres sexuales. No se trata de comer en un restaurante con la familia, se trata de la gula desenfrenada al comer para saciar ese instinto.

    El pueblo de Israel, después de salir de Egipto al desierto, a pesar de que dios mismo se encargaba de proveerles la alimentación adecuada, ansiaba las ollas de comida que degustaban hasta saciarse (Exo 16.3), y lo decían sin tapujos delante de Dios.

    Cuando hablamos de bebida hablamos de los abusos de las bebidas estimulantes como el alcohol, un buen trago se deleita, pero no el beber hasta que queden embotados nuestros sentidos, y no hablamos de los placeres sexuales que decentemente son producto de las relaciones  matrimoniales.

    Hablamos de los placeres sexuales que brinda el mundo perdido de la carne: Prostitución en todas sus ramificaciones, pornografía y violencia sexual, zoofilia y pedofilia en las redes.

    La sensualidad que ofrecen los cantantes de moda, el baile de los ritmos que profesan y los movimientos lascivos que se han convertido en una forma de arte para los más jóvenes en la sociedad. Cuántos casos de personas decentes, líderes públicos y hasta siervos del Señor que amonestan de estas cosas a su pueblo, caen secretamente y se deleitan en las mismas cosas que rechazan en público.

    Practicar estas cosas producen hábitos excesivos que derivan en vicios que arruinan las condiciones y la calidad de vida de quienes caen en ellos y se hacen sus esclavos. Vemos gente perdida en el mundo de las drogas, el alcohol, la prostitución o el juego de azar, cuya actuación a arruinado a sus familias y has sus propias vidas.

    Los medios están llenos de noticias de padres adictos que practican violencia intrafamiliar. De hijos con problemas de adicción que atormentan a una familia completa o de aquellos que en un bar han cometido crímenes pasionales de cualquier tipo.

    Los mundos de perdición de los deseos de la  carne dañan directamente a la persona que transita en ellos e implícitamente a sus familias.  Es un ataque del enemigo contra el núcleo de la sociedad.

    No así para el creyente, que ha crucificado la carne y sus deseos (Gal 5.24). El creyente debe evitar transitar en los mundo de perdición de los deseos de la carne porque fue rescatado por Jesucristo de esa vana manera de vivir y no tiene sentido dejarse seducir y ser esclavizado nuevamente por los mundos de perdición de los deseos de la carne, los cuales fueron llevados a la cruz junto con Jesucristo para presentarse muerto a estos deseos, pero vivo como instrumento de la justicia de Dios y no como esclavos de esos falsos placeres.

    Debemos evitar transitar los mundos de perdición  de los deseos de los ojos

    Aquí relacionamos los deseos de los ojos con codiciar lo que se ve. La codicia es el deseo desmesurado y desproporcionado algo, en el deseo de los ojos es dejarse deslumbrar por las apariencias. No deseo dinero para solventar mi situación económica, deseo mucho dinero, hasta que reviente, para poseer lo que aún no imagino.

    Los deseos de los ojos fue lo que impulsó a Eva a a pecar, por que vio que el árbol era codiciable para alcanzar la sabiduría. (Gen 3.6).  El Señor Jesucristo también fue tentado por los deseos de los ojos (Mat 4.8; Luc 4.5). La codicia es una violación de la ley de Dios (Rom 7.7). Es la causa de guerras y pleitos (Stg 4.1-2), y el Señor la señaló como causa para mostrar el deseo ilegítimo por la mujer de otro.

    Transitar por los mudos perdidos de los deseos de los ojos es vivir anhelando las cosas banales que nos ofrece la sociedad y nos deslumbra. La televisión nos vende como la imagen  del hombre exitoso, el que tiene como pareja una modelo monumentalmente bella, fabricada en el estudio de la televisión, y compra el más lujoso carro del año. La tendencia del corazón humano a la codicia ama estas cosas.

    Muchas veces los creyentes transitamos los mundos de perdición anhelando lo mismo y disfrazándolo ante nuestras conciencias de necesidades. Dejarnos deslumbrar por los mundos perdidos de los deseos de los ojos nos lleva de contemplar a bellas modelos para pasar a la pornografía tan común y difundida por las redes sociales. A saciar nuestros deseos animales en la figuración imaginativa de estar con dichas mujeres.

    La Biblia dice que transitar los mundos perdidos de los deseos de los ojos consumen la vida (Pro 1.19). La acumulación de bienes se disfraza de necesidad y nos volvemos esclavos de ellos, depositando nuestro bienestar y seguridad en ellos.

    De aquí proviene una idolatría banal (Col 3.5), ya que la acumulación de riquezas no garantiza ninguna seguridad espiritual para nosotros, al contrario, sirve como catalizador para acarrear juicio de Dios sobre quienes actúan así (Luc 12.15-21).

    La persona que transita los mundos de perdición de los deseos de los ojos evidencia profundas carencias espirituales:

    Evidencia falta de confianza en Dios. Es presa de sus propias angustias y preocupaciones por procurarse lo que aún es necesario para vivir. Desconfía de la provisión de Dios. Una cosa es cumplir  nuestras obligaciones laborales y recibir la retribución salarial que derivan de ellas para solventar nuestras necesidades, y ora es vivir en el afán y la ansiedad de acumular riquezas para poder sentir seguridad en su vida.

    Esta última actitud nos hace idólatras del dinero, ya que dejamos de  depositar nuestra confianza en Dios para depositarla en los bienes y las riquezas materiales, que al final, no nos garantizan ningún beneficio espiritual delante de Dios.

    El Señor Jesucristo en cierta ocasión dijo que nos preocupemos por la comida o el vestido, que esta era una actitud de todo aquel que no tenía puesta su confianza en Dios. Porque nuestro Dios tiene conocimiento de todas nuestras necesidades. Así que debemos buscar primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas serían añadidas. (Mat. 6.31-34)

    Evidencia una actitud materialista. Resumimos al materialismo como el pan sin Dios. No es una falta de confianza en Dios. Es no tomarlo en cuenta de ninguna manera en nuestros quehaceres productivos. Un dicho muy común en nuestro país es "si no trabajo no como".

    Esto debería ser cierto en el sentido de la responsabilidad que debe tener cada quien de obtener el sustento como el producto de su trabajo (Efe 4.28). Sin embargo, esta expresión nos se debe tomar en el sentido de que la alimentación solo depende de ti o tu trabajo.

    Hemos visto muchos casos de personas que han trabajado duro y no pueden ingerir alimentos, por una u otra razón. Así que no dependen de sí mismos, sino de lo que Dios ha determinado que ocurra.

    Evidencia una concupiscencia con tendencias carnales. La Biblia define la palabra concupiscencia como deseo intenso de cualquier tipo: puede ser un buen deseo (Luc 22.15)  o un mal deseo (Efe 2.3).

    De tal manera que la concupiscencia con tendencia carnales demuestra la intención de satisfacer los bajos instintos o pasiones que brotan de un corazón carnal y corrompido por el pecado. Hay la tendencia natural de juzgar cualquier acto situación, que sin ser malo, se etiqueta con malicia.

    Un famoso dicho del pensador Emerson es "piensa mal y acertarás". Es una ilustración perfecta de lo que es una concupiscencia con tendencias carnales. Las personas dominadas por estos bajos instintos se muestran, maliciosas, lascivas, y en muchos casos violentas. Su hablar y su actuación deja mucho que desear a la decencia, a las buenas costumbres y a la cultura cristiana que ha de profesar el creyente.

    El Señor Jesucristo nos dio el principio preciso para que de facto, no nos dejemos influenciar y evitemos transitar por los mundos perdidos de los deseos de los ojos. El tomó como ocasión a aquél que mira una mujer para codiciarla, y dijo que ya eso produce el adulterio en el corazón de quién así la mira.

    Dijo que si nuestro ojo derecho era ocasión de caer ¡Saquémoslo!, pues era mejor entrar al cielo sin el ojo derecho que echar todo el cuerpo al infierno.

    La cuestión es que se debe cortar o evitar de inmediato cualquier situación que nos lleve a transitar por los mundos perdidos de los deseos de los ojos. Como decían los muchachos de mi barrio cuando se le planteaba una situación incómoda: ¡Córtame eso ahí!

    Debemos evitar transitar los mundos de perdición  de la vanagloria de la vida.

    La vanagloria de la vida tiene que ver con la jactancia de lo que poseo, y que con esta posesión puedo vivir mucho mejor de lo que pueda vivir la gente común.  Puedo decir que soy  mucho mejor que mis vecinos porque poseo una casa grande, muchos recursos para viajar, un buen negocio y el último deportivo del modelo año como carro. Hasta mis ahorros y mis posesiones me darían para vivir muchos años con comodidad sin tener que hacer ningún esfuerzo para obtener estos recursos.

    Es la fanfarronería que exagera con el fin de impresionar a otros. Causa asombro o curiosidad cuando vamos a ver la entrega de los premios Oscar y vemos llegar un actor o actriz a la entrada del sitio donde se desarrolla el evento y se baja de una limosina de 6 puertas.

    Eso nos causa asombro. Es la manera de llamar la atención diciendo: ¡Mira, soy mejor que otros porque tengo una limosina de 6 puertas! Así tienden a ser los mundos perdidos de la vanagloria de la vida.

    Esta actitud no es nueva. En el pasado el rey Ezequías tomo esta actitud de jactancia ante los emisarios del rey de Babilonia y les mostró todos los tesoros de la casa de Judá, y la ciudad  fue castigada por la jactancia de Ezequías, porque tiempo después los babilonios saquearon la ciudad y tomaron todos los tesoros  de Judá.

    Transitar por los mundos perdidos de la vanagloria de la vida es vivir para la apariencia y la competencia. Siempre vamos a encontrar competencia: en el trabajo, en los deportes y cualquier otra área de la vida.

    Debemos procurar realizar nuestras actividades con calidad y con las aspiraciones de retribución conforme a esa calidad con que las realizamos. Pero no debemos transitar por los mundos perdidos de la vanagloria pensando que lo que hemos logrado es por merecimientos propios y para mostrarle al mundo de lo autosuficiente que podemos ser, y aparta a Dios de nuestros logros.

    Cuando obtenemos ciertos logros corremos el peligro no solo de la jactancia propia, sino de la crítica con aquél que no es como nosotros. El evangelio de Lucas nos muestra esta situación en la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos (Luc 18.9-14).

    El fariseo, en vez de reconocer su propia condición delante de Dios cuando oraba, solo daba gracias a Dios por no ser como el otro, destacando ante Dios sus propias virtudes. Mientras el recaudador de impuesto que oraba a su lado, solo reconocía sus pecados delante de Dios y pedía perdón por ellos.

    Está por demás decir quien fue justificado delante de Dios y quien no. La Biblia dice que Dios atiende al humilde, más mira de lejos al cautivo (Sal 138.6).

    Quien transita por los mundos de perdición de la vanagloria de la vida peca de orgullo. Aparta a Dios de su corazón y se coloca en el centro de su propio ser. Esto se llama egoísmo e idolatría personal.

    Esto fue el motivo de la  caída de muchos reyes en el pasado y del mismo Lucifer de la posición privilegiada de la cual disfrutaba delante de la presencia de Dios (Isa 14.12-15). Y como hemos visto, las personas orgullosas y prepotentes provocan el rechazo de Dios hacia ellas.

    Debemos seguir el ejemplo de Jesucristo, en la práctica de la humildad y considerar primero a Dios delante de nosotros y a nuestro prójimo antes que a nosotros. Dice el apóstol Pablo que El Señor Jesucristo no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrase, sino que se despojó de su deidad y se hizo hombre, obediente a Dios hasta su muerte, y recalca diciendo: Y muerte de cruz, de criminal. Tal es el ejemplo de humildad que debemos seguir para evitar transitar por los mundos perdidos de la vanagloria.

    Amados,  los mundos de perdición  nos llaman a vivir en su ritmo acelerado y en su loco frenesí, satisfaciendo en ellos los deseos de nuestra carne, nuestra avaricia que nos impulsa a vivir de una manera materialista y opulenta, y mostrar esa opulencia para decir que somos mejores que otros, pecando de jactancia y de orgullo. El Señor Jesús dijo ser el camino, la verdad y la vida, y que nadie llegaría al Padre sino a través de él. Sigamos la ruta que  él trazó para nosotros. Dios nos bendiga.

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