Sin Embargo Se Murió

Y sin embargo se murió, la muerte de la persona que mas ha impactado a la humanidad y que cambió el curso de la historia.

Muchas veces como creyentes nos asombramos y somos afectados por el hecho de la muerte de nuestro Salvador, sin comprender en esencia que es lo que representa para nosotros. Vivimos en la experiencia de su muerte sin conocer su naturaleza y sus beneficios.

Te invito a considerar estas razones que tuvo el dador de la vida, y que sin embargo se murió por nosotros, para tomar tal decisión.

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    Era Dios Eterno, sin embargo se murió.

    El verbo Convivía con el Padre en la eternidad. El evangelio de Juan tiene un paralelo con el libro de Génesis: ambos comienzan diciendo "En el principio" (Cf. Gen 1.1 y Jn1.1-3).

    Sin Embargo Se Murió

    Eso indica que debe haber algo antes de la creación: lo eterno, en la eternidad el Verbo vivía con el Padre, donde no existía cielo, ni ángeles ni creación.

    Había una comunión eterna en las personas de la Trinidad .El Verbo vivía en la gloria con las otras personas de la Trinidad, en perfecto amor, sin necesidad de la creación y en perfecta comunión con el Padre.

    El pudo vivir por la eternidad glorificado, exaltado y en amor con las otras personas de la deidad. Allí no necesitaba exponer su gloria y su vida.

    Allí en algún momento de la eternidad (el tiempo es solo un aspecto de la eternidad, ni siquiera se define en presente, pasado o futuro) diseñó con el Padre y el Espíritu Santo el plan eterno de Dios: la creación, la redención, y la glorificación de lo creado, en especial, el hombre (Efes.1.4-5) .

    Entonces, en algún momento del tiempo, el escogido por Dios (Gal 4.4), el verbo se hizo carne en la persona de Jesús (Jn 1.14), y aún cuando era Dios, se hizo humano, y se mostró al mundo como el poseedor de la vida eterna.

    Declaró ante todos que tenía la misma gloria del Padre, el conocimiento perfecto y la revelación de él y disfrutar del privilegio de la eternidad (Jn 8.54-58), sin embargo se murió por nosotros. Así, debemos apreciar el sacrificio y muerte de Jesús cuando en su condición de eterno no necesitaba morir, y por amor a nosotros, sin embargo se murió.

    Era justo e inocente, y sin embargo se murió.

    La inocencia de Jesús no se puede comparar con nuestra inocencia. El Hijo de Dios, Unigénito y eterno, se hizo semejante a los hombres, tomó forma humana, nacido de la descendencia de David (Rom 1.3), nacido de mujer (Gal 4.4), descendiente de los judíos (Rom 9.5), y semejante a todos los humanos en todo, excepto que sin pecado (Heb. 2.17).

    En su vida, fue tentado en todo como nosotros, pero no pecó, para poder cumplir en perfecta obediencia lo que se le exigió a Adán en el paraíso, y que no cumplió, acarreando el juicio de Dios para la raza humana.

    Porque vino para socorrer a sus hermanos (Heb 2.16-17), por lo que tomó verdadero cuerpo y alma humanos, ya que tanto el cuerpo como el alma (porque estábamos perdidos en cuerpo y alma), y ambos debían ser rescatados de la condenación de Dios.

    Así quitó de nosotros la responsabilidad de la raza humana de haber pecado ante Dios, y nos representa a todos como inocentes delante de Dios. Y, en su naturaleza humana, cumpliendo perfectamente la voluntad de Dios,  logró que fuésemos justificados ente el Padre.

    Sin embargo, esto no era suficiente para nuestra salvación. Dios exige satisfacción por la ofensa cometida por el hombre ante él. El hombre debe pagar para satisfacer la ira de Dios contra el pecado. Imagine que un amigo le quita prestado su vehículo, lo choca y luego llega ante usted y le dice:

    ¡Perdóname, pero choqué tu vehículo!, Usted lo perdona, pero, ¿Y su vehículo?, este caso ilustra que hubo perdón pero no restitución, y usted no ha recibido la justa satisfacción y reposición.

    Nuestra naturaleza no puede reponer la falta cometida ante Dios, y aún con nuestra muerte, siempre quedaríamos en deuda por que eso no es suficiente para satisfacer la ira divina. Así Jesús, en su naturaleza divina fue a la cruz y tomó nuestro lugar, ya que ninguna otra criatura puede satisfacer la ira divina, excepto alguien con la misma naturaleza de Dios, es decir, que también sea Dios.

    Por eso Jesús recibió los terribles tormentos en la cruz hasta la muerte, para poder aplacar la ira divina que debía caer sobre nosotros: El recibió lo que nosotros debíamos recibir por nuestros pecados, y siendo justo e inocente, sin embargo se murió por nosotros.

    Nos entregó la vida eterna, y sin embargo se murió

    Para poder entender lo que es la vida eterna, debemos empezar por comprender lo que es la muerte.

    Entendemos la muerte en términos de separación, como la separación del cuerpo con el alma, este es el concepto más básico: la muerte física. Es decir, que la vida consiste en la unión del cuerpo con el alma. La Biblia dice que en el Edén teníamos vida eterna, ya que nuestro cuerpo y alma estaban unidas al Espíritu de Dios eterno.

    Cuando el hombre pecó y fue echado de la presencia de Dios, se produjo su muerte espiritual: cuerpo y alma unidos, pero separados de Dios. De tal manera que estábamos perdidos en delitos y pecados, haciendo la voluntad de nuestras bajas pasiones y por naturaleza, merecedores de la ira de Dios (Efe 2.1-3), porque, ¿Qué puede hacer un muerto por sí mismo?

    Jesucristo vino para entregarnos la vida eterna. El aseguró ser la resurrección y la vida (Jn 11.25), porque vivía en eterna comunión con el Padre, porque era de la misma naturaleza que el Padre (Jn 14.10-11) , y por lo tanto, podía tener comunión directa, en la presencia del Padre, y por ende vida eterna.

    Nos instó a creer que él era Dios eterno, encarnado en la tierra, y que creyendo en él disfrutaríamos de la vida eterna (Jn. 11.25), es decir, en el acto de creer sería restaurada nuestra comunión eterna con Dios desde ese mismo momento. Así debemos creer en Jesucristo como nuestro primer paso hacia la vida eterna (¡La unión del cuerpo y el alma de cada  persona en la misma presencia de Dios!.

    La muerte de Jesús es sustitutiva: Él fue a la cruz en reemplazo de cada uno de nosotros y llevó el castigo que merecíamos, de tal manera que ya no merecemos ese castigo. Si, pues,  creyendo en lo que Jesús hizo por nosotros en la cruz obtenemos de manera simultanea la vida eterna, entonces es natural que preguntemos ¿Por qué morimos? ¿Por qué el creyente muere?

    La buena noticia es que la muerte para el creyente no es una satisfacción ante Dios por nuestros pecados (Mar 8.37), (No podemos satisfacer a Dios con nuestra muerte, por tanto nuestro castigo, aún muriendo, sería eterno), sino una liberación de nuestro cuerpo carnal y lleno de pecado y  un paso más hacia la vida eterna (Jn 5.24). Ya no podemos ver la muerte como castigo, sino como alivio.

    El creyente llega a comprender que este cuerpo de muerte solo nos atrapa en aflicciones y ve la voluntad de Dios en nuestra muerte como buena y perfecta. A pesar de esto, no podemos pecar deseando la muerte y evadiendo nuestras responsabilidades con la vida que llevamos.

    Debemos luchar por preservar la vida como don precioso que Dios nos ha entregado.

    El que siendo dador de la vida, y que sin embargo se murió por nosotros, todavía nos da el beneficio espiritual de resucitar a nueva vida, ya que nuestro viejo hombre ha sido crucificado junto con él en la cruz, con todos sus pasiones y deseos, porque él llevó nuestros pecados a la cruz, y por lo tanto nosotros debemos separarnos de ellos y vivir una nueva vida en la presencia del espíritu Santo de Dios, de tal manera que ya no reine el pecado en nuestras vidas, sino que podamos vivir una vida consagrada a Dios en su presencia.

    Estimado amigo, no hagamos vana la muerte de Cristo, consideremos a aquel que sufrió tanto por nosotros, para que no nos descansemos en vivir para él, confesemos a su persona como nuestro Dios y Salvador, sometámonos a su santa voluntad, desprendámonos de nuestra naturaleza pecaminosa y vivamos parta el dueño y dador de la vida, que sin embargo se murió por nosotros.

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