Las Razones por las que Dios Quiere que su Pueblo Sea Santo

Las Razones por las que Dios Quiere que su Pueblo Sea SantoEl cristiano debe concientizarse del hecho que Dios quiere que su pueblo sea santo.  Es un deber ineludible de cada uno de nosotros en cada situación de nuestras vidas y también cada vez que nos presentamos ante Dios.

La santidad es un requisito indispensable para estar en la presencia de Dios. Hoy la sociedad toma la santidad de Dios como algo ligero, considerando los actos de pecado como cosas ligeras, o cambiando su terminología para suavizar los términos y los efectos de sus consecuencias.

Mucha gente de la iglesia, por desconocimiento del tema, llega a pensar que por que sus pecados  son perdonados, Dios va a ser indulgente con los que continúen en su práctica corrompida, los va a ignorar o pasar por alto.

Pero no es así. Dios es santo, y quiere que su pueblo sea santo, por lo que va a castigar el pecado en cualquiera de sus expresiones.  En este estudio, vamos a considerar algunas razones por las que Dios quiere que su pueblo sea santo, y nos estimulemos a buscar la santidad que nuestro Padre Celestial requiere de nosotros.

Índice De Contenidos()

    La santidad, como separados para Dios.

    Para poder determinar de qué manera Dios quiere que su pueblo sea santo, es necesario determinar qué es ser santo. Se dice que algo es santo cuando está especialmente dedicado o consagrado a Dios.  Los creyentes son santos, en el sentido de que ellos son llamados a separarse del mundo para ser el pueblo de Dios. De la misma manera, algunos días y artículos son santos porque están separados para Dios solamente.

    Los creyentes son llamados a ser un pueblo santo, separado para Dios. La nación de Israel, fue escogida por Dios, no por base a mérito alguno, sino para que Dios se mostrase en todo su esplendor y santidad  a través de ella en el resto de las naciones, y fue escogido para un propósito especial (Deu 7.6). Eso incluía también sacerdotes, apóstoles y profetas.

    Los cristianos  también son llamados a ser consagrados para Dios. Dice el apóstol Pablo en la carta a los efesios les dice que somos escogidos desde antes de la fundación del mundo para ser santos y sin manchas delante de él (Efe 1.4), y somos llamados a vivir en santidad en toda nuestra santa manera de vivir (1 Ped 1.15).

    Dios quiere que su pueblo sea santo porque su nombre es santo.

    La santidad es la cualidad que da brillo a las otras perfecciones de Dios.  Es la suma de todas las excelencias morales de la naturaleza divina.  Es la pureza absoluta, sin la más leve sombra de pecado (Hab 1.13).

    La santidad de Dios es la antítesis de todo defecto o imperfección moral. Dios es santo, a diferencia del hombre que es corrupto de naturaleza, y por lo tanto, pecador. La santidad es la perfección de Dios por excelencia, porque da brillo y lustre a todas las demás perfecciones.

    Su amor es santo, su justicia es santa, su sabiduría es santa, su palabra es santa. Por eso estamos llamados a alabar a Dios en la hermosura de su santidad (Sal 110.3)

    A esta perfección de Dios, la santidad, se le da un énfasis especial en la Biblia que sobrepasa a todas las demás cualidades de Dios. Las Escrituras llaman a Dios más veces santo que todopoderoso. Este es su mayor título de honor, y resalta toda la majestad y respetabilidad de su nombre.

    Dios manifestó su santidad en sus obras (Gen 1.31). Era imposible que Dios creara un universo con manchas de pecado. El hombre fue creado “recto” (Ecl 7.2), en justicia y santidad de la verdad (Efe 4.24), y aún Satanás y la creación celestial fueron creados perfectos (Eze 28.15).

    Dios manifiesta su santidad en su ley. La ley de Dios es santa porque prohíbe el pecado en cualquiera que sea su forma. El apóstol Pablo nos indica en la carta a los romanos que la ley es santa, justa y buena (Rom 7.12), y no admite nada que sea corrupción moral.

    Dios manifestó su santidad extrema en la cruz. Era una forma difícil para el hombre pecador acercarse a un Dios santo. No había sacrificio ni ofrenda que pudiese hacer permanente la relación de un Dios Santo con un ser humano pecador.

    El libro de Levítico es un manual completo de cómo un Dios santo daba la fórmula para relacionarse con un pueblo pecador, pero era una fórmula temporal, que no quitaba el pecado completamente y que debía practicarse constantemente ante Dios para perdón de los pecados de su pueblo.

    Además de que los sacrificios y ofrendas a Dios en este libro son figura y sombras de lo que había de venir,  el sacrificio perfecto de nuestro Señor Jesucristo para presentarnos ante Dios santos y sin manchas conforme a su decreto eterno (Efe 1.4).

    El sacrificio de su Hijo Jesucristo quita de nosotros la mancha del pecado ante Dios de una vez y para siempre, perdonándonos todos nuestros pecados  que fueron llevados por la ofrenda perfecta en la cruz.

    El santo nombre de Dios es celebrado por los serafines que están alrededor de su trono (Isa 6.3). También los cuatro seres vivientes que rodean el trono también adoran al que está sentado en el trono destacando y haciendo énfasis en su santidad (Apo 4.8).

    Porque Dios quiere que su pueblo sea santo,  nuestro Señor Jesucristo, en la oración modelo, nos insta a que pidamos que el nombre de Dios sea santificado (Mat 6.9). Veamos lo que eso implica.

    a.- Primero, que conozcamos rectamente a Dios. El Señor Jesucristo nos dice que la vida eterna consiste en tener una relación íntima de conocimiento de Dios y de él misma (Jn 17.3). En conocer lo que Dios quiere para nosotros por causa de su mismas perfecciones, es decir, misericordia,  juicio y justicia en la tierra (Jer 9.24), colocando su ley en la mente y los corazones de su pueblo, perdonando todo sus pecados (Jer. 31.33-34), de tal manera que seamos motivados a  buscar su reino (Mat 6.33).

    b- Segundo, que celebremos sus perfecciones.  Que santifiquemos y celebremos su bondad (Sal 51.18), su omnipotencia (Deu 10.17), su justicia (Sal 119.137), su sabiduría (Rom 11.33-36), su misericordia (Sal 107.1) y verdad (Sal 100.5) manifiesta en cada una de sus obras.

    c.- Que nuestra  vida sea dirigida a que su nombre sea glorificado y honrado por nosotros. Es decir, nuestros pensamientos, palabras y obras no deben ser usados para blasfemar de Dios, ni menospreciarlo. Al contrario,  con ellos, debemos honrar y glorificar a Dios (Sal 71.8), y dar a su nombre toda la gloria que él merece (Sal 115.1)

    Dios quiere que su pueblo sea santo, así que honremos con nuestras palabras y hechos su santo nombre.

    Dios quiere que su pueblo sea santo porque él odia el pecado

     Dio quiere que su pueblo sea santo, y nos dio una ley santa. Dios ama todo lo que está conforme a su ley, porque es santa, como ya lo habíamos dicho. Por lo tanto Dios odia todo lo que es contrario a su ley, es decir, Dios odia el pecado. Por ende, necesariamente  castigará el pecado, porque lo aborrece. Dios a menudo ha de perdonar a los pecadores, pero nunca perdonará el pecado.

    A causa del pecado,  desterró a nuestros primeros padres de El Edén, toda la descendencia de Cam cayó bajo una maldición que todavía hoy perdura, Moisés fue excluido de la tierra prometida, y Ananías y Safira fueron separados de la tierra de los vivientes. Es una prueba fehaciente de que Dios odia el pecado.

     Las personas que andan lejos de los caminos de Dios realmente no creen en su santidad. Creen solamente de manera parcial en las perfecciones de Dios. No conciben que un Dios amoroso y misericordioso, vaya a juzgar con el infierno a los que no se arrepienten de sus pecados y no  viven en santidad.  Esperan que la misericordia supere su odio y les sea indulgente que con sus pecados. Piensan en un Dios cortado de acuerdo al patrón de sus corazones corruptos (Sal 50.21).

    Este razonamiento errado les da pie para continuar actuando conforme a sus propios deseos y no conforme a la voluntad santa de Dios. La santidad atribuida por las Escrituras al carácter de Dios es tal, tan grande, que solo pude ser comprendida como el carácter sobrenatural de la misma Escritura, que es la única fuente capaz de concebirla de esa manera.

    En todas las religiones paganas antiguas o modernas la son incapaces de concebir a sus dioses con tal nivel de santidad, eso demuestra que son dioses creados por la imaginación humana que no puede concebir tales niveles de santidad.

    La inmensa mayoría de los cristianos se hacen una imagen de Dios completamente errónea en cuánto a su santidad. Ellos ven a Dios como  a un anciano indulgente, que, aunque no tolera el pecado, lo disimula, lo ignora o sencillamente lo pasa por alto. Nada más lejos de la verdad. La palabra de Dios dice que Él aborrece a todos los que hacen iniquidad (Sal 5.5); y que Dios está airado todos los días contra el impío  (Sal 7.11).

    Pero los hombres niegan a este Dios, y se molestan cuando se les habla fielmente de cómo Él aborrece el pecado y no dejará sin consecuencias a quienes lo practican deliberadamente. El hombre pecaminoso no puede imaginar un Dios santo, como tampoco puede imaginar el lago de fuego donde será atormentado eternamente.

    Porque Dios odia el pecado y quiere que su pueblo sea santo, el hombre no puede acercarse ni justificarse ante Dios en base a sus propias obras de justicia. La criatura caída no puede hacer nada que merezca la aprobación de Dios, y él llama a las obras de los hombres “trapos de inmundicia” (Isa 64.6).

    Lo mejor que puede presentar un pecador ante Dios está contaminado. Así como los arboles corrompidos no pueden producir buenos frutos. Dios no puede considerar justo y santo aquello que no lo es, y no hay nada justo y santo si tiene la mancha contraria a la naturaleza de Dios.

    Pero lo que Dios exige en su justicia, lo provee en su gracia, para que el pecador arrepentido se apropie de la obra de Jesucristo y pueda presentarse redimido y perdonado ante Dios y ser acepto por él, gracias a Dios por su gracia.

    Dios quiere que su pueblo sea santo, rechacemos las situaciones de pecado que ofenden a su santidad.

    Dios quiere que su pueblo sea santo para que seamos hechos conformes a él

    Lo primero que debemos considerar para ser conformes a la imagen de Dios es la consagración. Dios quiere que su pueblo sea santo, y nos consagró para ello como paso previo.  La consagración es el acto por el cual una persona o cosa es dedicada al servicio y adoración a Dios.

    La consagración separa para la santidad. El pueblo de Dios es consagrado a Dios (Lev 20.8). Dios hizo santificar al pueblo de Israel para mostrarse a ellos (Ex 19.10-15). Eso significaba no contaminarse ni con el contacto con mujer alguna, ni con animales y cosas que se consideraban inmundas (Lev 11.44-45). Así, Dios consagraba a su pueblo para sí antes de mostrarse a ellos.

    Los sacerdotes también eran consagrados para el servicio divino. Los sacerdotes eran llevados por un rito de purificación y unción para ser consagrados al servicio de Dios (Ex 40.12-15). También eran consagrados para funciones específicas (1 Sam 7.1), inclusive los artículos del templo eran consagrados para uso divino Ex (40:9–11).

    Así que la consagración es un paso previo para empezar un proceso de santidad.  En el Nuevo Testamento, somos apartados para ser un pueblo santo (2 Tim 1.9), celoso de buenas obras. Desde acá, podemos empezar un proceso de santificación hasta ser conformados a la imagen de Dios. Veamos:

    Por causa de que somos apartados para el servicio y la adoración de Dios, debemos cumplir su mandamiento de ser santos porque él es santo (1 Ped 1.16).  Dios quiere que su pueblo sea santo. No se nos manda a ser omnipotentes u omniscientes como Dios, ni a practicar los milagros como nuestro Señor Jesucristo, sino que se nos manda a ser santos hasta en nuestra manera de hablar (1 Ped 1.15).

    Este es el mejor medio para serle agradable: y nos pide que no nos conformemos a las corrientes de este mundo Dios nos pide que no nos conformemos a las corrientes de este mundo, sino que  nos presentemos  en sacrificio vivo, santo y agradable a Dios.

    Ir  renovándonos mediante la transformación de nuestro entendimiento, que es nuestro culto racional para comprobar cuál sea su voluntad, agradable y perfecta (Rom 12.1-2).  No glorificamos a Dios tanta con nuestra admiración, ni con un conocimiento académico del, ni con el servicio ostentoso que podamos ofrecerle, como con nuestra aspiración a conversar con él con un espíritu limpio y honesto, y a vivir para él trasformando nuestro carácter a su imagen y para su gloria.

    Porque Dios quiere que su pueblo sea santo y le adore con santidad, nosotros con el corazón debemos acercarnos a él con reverencia, con el corazón contrito,  postrados  a sus pies y en la postura más humilde, sirviéndole con temor. Cuanto más temerosos seamos frente a su santidad  inefable, más aceptables seremos al acercarnos a él.

    Dios quiere que su pueblo sea santo, aprendamos de las enseñanzas y el ejemplo de Jesucristo para parecernos más a él en santidad.

    Amados, Dios quiere que su pueblo sea santo, así que dediquémonos a abandonar al mundo  y sus filosofías, deseos y pasiones que nos arrastran en pos de este sistema de cosas, y empecemos a practicar la santidad en cada acto de nuestras vidas, llevando a toda nuestra naturaleza pecaminosa a la cruz, y muriendo a ella, para vivificarla al servicio de Dios, poniendo nuestros cuerpos como instrumentos de justicia ante Dios  y no de iniquidad para el mundo.

    Avancemos a la imagen de Jesucristo, a un varón perfecto, para la gloria del Padre. Busquemos la santidad delante de él, que es nuestra fuente y modelo de santidad. Que en nuestra oración diaria tomemos como petición y deseo esto: que nuestro Dios de paz nos santifique en todo, para que seamos guardado sin reprensión hasta el día de la venida de nuestro Señor Jesucristo, amén.

    Anuncios

    Deja una respuesta

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    Subir